domingo, 7 de septiembre de 2014

Hugo Francisco Rivella


Hugo Francisco Rivella nació en Rosario de la Frontera, Salta, Argentina, en 1948. Tiene una extensa obra poética literaria y musical. Ha dado numerosos recitales poéticos y musicales en Argentina y ha compuesto canciones con Carmen Guzmán, Alberto Oviedo, Chato Díaz, Rubén Cruz, Mario Díaz, Ernesto Romero. Ha obtenido premios a nivel nacional e internacional, entre ellos el Primer Premio de Poesía Juegos Florales Hispanoamericanos y de Panamá, Quetzaltenango, Guatemala, 1985; el Segundo Premio de Poesía, Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires 2001; el Primer Premio de Poesía Ilustrada Jorge Barón Biza, Córdoba 2001 y el Premio Gilberto Owen de la Universidad Autónoma del Estado de México, 2011). Como compositor de música folclórica también ha obtenido importantes reconocimientos.
Ha publicado, entre otros libros: Algo de mi muerte (Rosario de la Frontera, Salta, 1981), La memoria del fuego (Córdoba, 1982), Agua de mis manos (apoyo del FNA, 1995), Cristales en el río (cancionero, Vaca Narvaja ed.,1999), Caballos en la lluvia (Córdoba, 2003), Zona de otros días (Salta, 2007), Yo, el toro (Córdoba, 2008), Centro de tormentas (2010), De fuego y sombras (2010), Putas (La cacería del ángel) (2011), Piedra del ángel (2011) y Ojo astillado (2013).

* * *

Caballo y brasa

a Jacobo Regen

El caballo es una brasa que tirita.
Un pilpinto que vuelve por su cuello
como un collar por el que se deshoja la ternura.
En la brasa se mira como se mira el mundo
adentro de los días,
se reaviva en la lluvia igual que la ceniza que se moja
y se aturde con su propio galope.

La brasa es la memoria del espejo.
La llama agazapada entre los ojos.
Una flor de pétalos ardidos.

El caballo enfila hacia la brasa
y la atraviesa
y es el último cometa de la tierra.

Los caballos yacen crucificados contra el cielo

Los caballos yacen crucificados contra el cielo.
Un humo verde se ha adosado a las paredes
mientras el amanecer se mete en el agua como un pez de plata.
Un pájaro cabeza de salamandra suelta viento de las alas
y éste sopla el pueblo y lo aplasta.

Los caballos yacen crucificados contra el cielo
y el sol
se desarticula al cruzar por mi ventana.
Persigo lo invisible en el mundo de los espejos
y trastabillo
caigo por un túnel espiralado
retorciéndome como un ciego en un cabello
escuchando voces tramadas en arena
el exordio de lo que fue y el misterio que despiertan los trenes
cuando el andén exhala un adiós agostado.
Huele a ajenjo el aire. Se hace añicos.
Las luces mudan a la sombra y espían entre los muros.
El paisaje es un gesto de dios puesto en la vida
o la razón del hombre sofocando la muerte.

Los caballos yacen crucificados contra el cielo
para perpetuar su galopar entre nosotros.


Resistencia ciega

La noche ciega, deposita dolor
sobre su sábana amarga.
Recuesta su memoria herida tras la señal del tiempo
que cruje vida en amplia resistencia.
Parida y desmembrada, desnuda ante epitafios,
su propia carne sombría.
Sobre huellas sin territorios
inéditas constelaciones incandescentes,
vibran en elíptica libertad
por las opacas grietas que olvidó el ocaso.
Trepando el vértice infiel de las transparencias,
la oscuridad en derrota imperfecta
arroja redes al infinito, para apelar ante jueces crepusculares
por la inocencia fetal de la pálida luz
que alumbra un espejismo.

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